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Dos dinosaurios vivos

Escribe
Carlos UlanovskyHugo Paredero
Ilustra
Lucas Nine

Soy inocente

Cuando esta edición de Orsai llegue a sus lectores, estará muy próximo el Día de los Santos Inocentes. Tal vez la cercanía del fin de año y la necesidad de hacer memoria y balance estableció una fecha en la que, para reivindicar al cándido, se lo somete a bromas que hoy, si no fuera porque el organismo desapareció, deberían explicarse en el Inadi. El origen es tenebroso. En Belén, Herodes el Grande, procurando hacer boleta a un niño llamado Jesús, nacido en Nazareth, ordenó la matanza de todos los chicos menores de dos años. Aquellos querubines cuyas cabecitas rodaron fueron, para la Iglesia católica, inocentes, mártires y, más temprano que tarde, santos inocentes. El único de los chiquilines al que el turro de Herodes no pudo, supo o quiso decapitar fue el niño Jesús, milagroso desde entonces. Los veintiocho de diciembre, se reitera la ocasión de denostar a ese párvulo inocentón que anida en cada uno. En una modalidad tan festiva como pagana, la jornada está especialmente dedicada a los ilusos, a los caídos del catre, a quienes resulta fácil vendernos tranvías y buzones. Todo desafío termina en la frase «¡que la inocencia te valga!».

En nuestra Argentina, la de siempre, la actual, el concepto de «inocencia» está delimitado por y es opuesto al de la «viveza criolla». Ser un inocente, acá, equivale a ser un gil, un pichi, un verde, un débil; seres a expensas de los desfachatados, de los psicópatas, de los que, libres de culpa, nos venden con facilidad espejitos de colores. En términos territoriales, Inocencio vendría a ser el nombre de un personaje de película argentina, comedia en blanco y negro, años cincuenta, interpretada por Francisco Álvarez o Mario Baroffio (gugleen y los conocerán) en el rol de marido muy timorato a quien su esposa, mandona ella, trae y lleva de sus narices. Otro emblema fue don Fulgencio, un personaje al que su autor, Lino Palacios, definió como «el hombre que no tuvo infancia». La efeméride propicia, en muchos medios, la publicación de noticias inventadas con el doble propósito de poner a prueba la realidad y reírnos de nosotros mismos. Aquí y en todo el mundo, las fake news colocaron en crisis lo verdadero y lo falso, alteraron el límite entre el candor y la mala fe.

En tiempos en los que la credibilidad es un valor en cruel desuso, nos vendría muy bien reconsiderar el significado de la inocencia. Soy inocente: estimo que se puede empezar (conocer, aprender) algo nuevo cada día. Soy inocente: en principio, creo en lo que me dicen. Soy inocente: creo en las posibilidades transformadoras de la cultura. Soy inocente: pienso que hay una vida mejor y que no es tan cara como algunos sostienen. Soy inocente: repudio a los cortadores de cabezas en general y a los Herodes, que con motosierra en mano, ven como enemigos mortales a niños de pocos años o a jubilados de ochenta. Soy inocente: obvio, hasta que se demuestre lo contrario.

Inocentes ya fuimos

Le hice a la inocencia la misma pregunta que a todo tema recién llegado: ¿de dónde venís? Me respondió, con voz de diccionario, que ella viene del latín «innŏcens», formado del prefijo negativo «in» y de «nocens», «nocere», que está emparentado con lo nocivo, lo que hace daño. Por lo tanto, inocentes serían (mmm, ese potencial) aquellas personas incapaces de provocar un daño, de hacer algún mal. Pero claro, el minuto tiene sesenta segundos; la hora, tres mil seiscientos; el día, veinticuatro horas; el año, trescientos sesenta y cinco días. Miren si sobrará tiempo en esta vida para perder inocencia, haciendo o diciendo lo que sea, y mandarnos un dañito de vez en cuando, hasta con las mejores intenciones, y a la persona más querida, conscientemente o no, por despecho, hambre, neurosis, vaya uno a saber qué. ¿Esas pérdidas de inocencia nos convierten en monstruos a los humanos? No, tratémonos con afecto: somos simplemente bichos de luz y sombra que van y vienen, a cualquiera podemos iluminar y oscurecer, cualquiera puede aplastarnos. Este nocente piensa que perdemos la inocencia primigenia cuando dejamos de ser bebés y entramos a gatear y, luego, a caminar el mundo y explorarlo. A esa inocencia, la verdadera, ya no la reencontraremos jamás, habrá quedado en el abismo de la cuna. Esto no es de lamentar, va de suyo; ni nos convierte en culpables, no estamos hablando de inocentes en términos judiciales, como personas liberadas de culpa y cargo de algún delito. Nos referimos a esa inocencia luminosa y desnuda cuyo ejemplo mayor está —para que nos entendamos— en la mirada de los bebés de, digamos, hasta un año. Con su ausencia de malicia, su ignorancia candorosa, su pureza, ellos son el gran ejemplo de inocencia bien entendida, no conocen el daño. Parafraseando a Federico Fellini, «hay que ser muy valiente para sostenerle la mirada a un perro», digo, sin faltar el respeto a los perros, que hay que ser muy valiente para sostener la mirada de un bebé. Saber leerla y hasta aprovecharse de ella. Se trata de un ejercicio de inocencia extraordinario, el de conectar de verdad con un bebé (hijo, nieto, sobrino, vecino, desconocido compañero de subte), animarse a cruzar nuestra mirada con la suya, que parece infinita. Nos brotan emociones vampíricas con ese ser con quien tanto nos correspondemos: «me lo comería a besos», «es para morfárselo», cosas así decimos o pensamos. Cuando bebemos de esa energía única que emanan los bebés, algo incorporamos, ¿cuánto nos durará? Lo receto a todos los que se autoperciben inocentes veinticuatro por siete, y subrayo en el prospecto: conecten con un bebé cuando aparezca una ocasión, ejerciten esa conversación de gestos y miradas por el tiempito que sea, realineación y balanceo gratuito. Siempre sin perder el asombro ante ese misterio insondable que es cualquier bebé y aprender todo lo que se pueda de él. La inocencia es aterradoramente bella. Supimos tenerla, sepamos buscarla, ¿qué habrá sido de aquella cuna? Entrenar la inocencia sin ser inocentones.

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