—¿Cuántas mujeres te pensás que aman así a Javier?
—No sé, Lilia. Decime vos. ¿Cuántas?
El parque de atracciones libertario es fascinante, amigos. Es embriagador. No estoy diciendo que sea bueno ni malo. Estoy diciendo que, como un accidente al costado de la ruta, uno simplemente no puede parar de mirarlo.
El parque de atracciones libertario es todo estupor y le organiza a la Argentina un presente peculiar. Bien, resulta que me pasé el 2025 recorriéndolo para la revista Orsai, y lo hice con la excitación, la ansiedad, el asombro y las ganas de un nene que se sube a todos los juegos.
En la primera Orsai del año, le busqué la silueta a ese chico misterioso y fantasmal al que conocemos como Santiago Caputo. En la segunda, llegué tan cerca de Karina Milei que me terminó afiliando, ella misma, el mismísimo «jefe», a La Libertad Avanza. En la tercera, fui a Anillaco, provincia de La Rioja, porque si van a restaurar la figura de Carlos Menem vamos a ver si en su pueblo natal están enterados. En la cuarta, quise sentirme el Gordo Dan y le solté el hating que él le ha soltado a toda la Argentina durante su formidable carrera en las redes. Y en este quinto episodio, bueno… Yo, realmente, no puedo creer lo que me pasó en este quinto episodio.
Son las dos de la tarde del viernes diecisiete de octubre y estoy en la casa de Lilia Lemoine. No voy a pasar de acá, la planta baja, donde funciona su taller de cosplay, pero me va a alcanzar para mirar. Las garras de Wolverine, por ejemplo; el par, en plástico gris, descansan sobre una vieja ThinkPad. Hay una máquina de coser, unos rollos de goma Eva y un barullo de trastos e insumos perfectamente lógicos para alguien que lleva hechos unos doscientos trajes de héroes, superhéroes y superheroínas a lo largo de su vida. Estoy en eso, ojeando las cosas, cuando baja Lilia. Trae su teléfono en la mano. Es un Samsung. No usa iPhone porque, dice, «el iPhone es de izquierda».
Caminamos por la calle Cuenca. Vamos no necesariamente conversando. Es un lamparón, la piba. Un farol. Las personas la reconocen y la miran. Dos le tiran buena onda. Viva la libertad y coso. Nadie la molesta. Recibo el rebote de esas miradas. Las recibo lunarmente: no es mío ese resplandor.
Vamos a sentarnos en un cafecito y vamos a conversar a grabador abierto durante más de una hora. En unos días, voy a volver a verla, volveremos a caminar por Cuenca, volveremos a desandar las calles de Villa Santa Rita, pero esta vez nos vamos a sentar en una pizzería y, también a grabador abierto, vamos a charlar dos horas y media. Y entonces yo le agradeceré y me sentiré listo para contar su historia.
Lemoine sabe de qué se trata un Dacia, un Renault 12. Sabe de qué se trata un Citroën 3cv, la queridísima Rana. Y su versión mutante, el Súper América. Lo sabe porque eran los autos de su casa, o de las casas de sus vecinos. Hay algo de instructivo de masas y de condición popular en cualquiera que aloje esta clase de información. ¿Qué es un Ami 8? ¿Y un Dodge 1500? Se cuecen los ladrillos de una identidad respondiendo trivias como esta.
Lo explica el hecho de que Lemoine creció hasta los nueve años en una casa de tipo americana en José León Suárez, partido de San Martín, calle Gorriti al 700. Todo tierra, ningún pavimento. Zanja en el frente. Y una higuera. Y un álamo que plantó ella con su abuela.
En esa casa, había un papá policía y una mamá peluquera, con la peluquería en el garaje. La Rana era modelo 76, y era del padre. Y el Renault era 78, de la mamá. El día que a él lo ascendieron a comisario inspector, la madre le dijo: «Andá con el Renault, haceme el favor». Si de verdad la patria es la infancia, los autos de la infancia son el parque automotor de tu mundo inaugural.
—Sabés de autos.
—De aquellos autos. Hoy no reconozco ninguno, son todos iguales.
Un papá policía —entonces— y una nena que mira Martillo Hammer en la televisión.
Para una semiótica rápida, en velocidad, de la serie Sledge Hammer que la cadena ABC puso al aire entre 1986 y 1988 (mientras Lemoine tenía seis y cumplía los siete, los ocho años), hay que decir que el desplazamiento paródico le permitía a la emisión revisar la figura del policía excedido, justiciero de facto, con sobregiro ideológico y cuya arma de cañón largo expresa la autoridad del falo. Eso, en la semiosis de la serie. En la de una nena cuyo imaginario —por edad, por estructura familiar— está tomando fuerza del complejo de Electra, bueno, lo que hay ahí es sencillamente un héroe.
—Yo vi a mi papá reducir a dos delincuentes.
La vida en el primer cordón del conurbano es una vida de vecinos y vecindades. Bien, estaba la niña Lilia una tarde en lo de su vecina, Selva Nardini (Lemoine te cuenta todo así, en 8K, con alta resolución de los detalles), amiga de su madre. Y estaban todos en la Pelopincho, los hijos de Selva también. De golpe, se escucha un bocinazo.
—Ellos tenían el América, que es como la Rana, pero más cuadrado. Salimos todos. Y vemos a dos tipos metidos dentro del auto.
Corren, los tipos. Agarran lo que ven y salen cagando. El comisario Miguel Néstor Bolukalo sale a todo pique detrás de ellos. Antes de la esquina, ya tiene atrapado al primero. Lo deja sentado en el piso al cuidado de un grupo de vecinos. Al rato, cae con el segundo. Asumo que acá todos aplauden.
—Si tu papá es Bolukalo, ¿por qué vos sos Lemoine?
—Era medio difícil de escribir.
—¿Qué se llevaron los ladrones aquella vez?
—Mi mochila de la escuela y una armónica que yo tenía dentro.
Vivís en unas callecitas de José León Suárez y están terminando los ochenta. Tenés ocho años, tu papá es policía, mirás Martillo Hammer, jugás en los recreos a Martillo Hammer, te gusta ser la teniente Dori Doreau. Un día, unos ladrones se llevan tu mochila, la del cole, y se llevan también tu armónica. Tu papá los corre, los atrapa y te devuelve la mochi con la armónica. Vos lo mirás como se mira a un superhéroe de los cómics. Todavía no sabés lo que va a pasar entre tu vida y los cómics.
Lilia Elena Lemoine, la madre, había militado en el Partido Intransigente de Oscar Alende, el bisonte. Llegó a ser candidata a concejal, parece. Tenía una sensibilidad para lo colectivo, digamos, para la horizontalidad barrial. Durante la híper del 89, se dejaba el sueldo entero del marido en el mayorista La Loma y después distribuía esa mercadería en el barrio, por ejemplo. Es toda una silueta, y se parece bastante a la de una mujer de izquierdas.
Lilia Elena tenía más auto que Miguel Néstor porque Lilia Elena había sabido hacer más plata que Miguel Néstor. Siempre emprendió. Se capacitaba primero y emprendía después. Tuvo local de perfumería (su hija aprendió allí a sacar porcentajes y a remarcar productos). Había sido gerenta de unas tiendas en Mar del Plata. Había estudiado un bachiller de arte que no terminó, pero sí terminó el secundario cuando ya era madre. Y entonces fue maestra mayor de obra. También fue maestra peinadora y colorista de L’Oréal.
Se movía, Lilia Elena. Se movía porque tenía la enzima de la hacedora. También fumaba. Mucho fumaba.
En el comienzo de los ochenta, Lilia Elena y Miguel Néstor se fueron a la costa a comprar un terrenito en Aguas Verdes. Lilia Elena volvió de ese viaje con una hija creciéndole en la panza. En ninguno de los planes del señor comisario estaba el de ser padre, pero mucho, muchísimo menos, el de pedirle un aborto a su mujer.
—Eran provida.
El siete de noviembre de 1980, en una clínica de Boulogne, nació entonces la hoy diputada nacional por La Libertad Avanza. Lilia Adela Bolukalo Lemoine creció en el borde oeste del Gran Buenos Aires, en un universo de clase media trabajadora que le duró casi diez años.
—Mi mamá y mi papá se peleaban mucho. Mi mamá lloraba muchísimo. Un día, mi vieja dice: «Este me está cagando». Era la época en que mi papá trabajaba en Palomar. Así que lo fue a buscar.
—¿Qué pasó ahí?
—Lo encontró en la plaza del avión con una mina en el auto.
Los que somos hijos de padres separados porque nuestras madres encontraron a nuestros padres con una mina en algún lado aprendimos algo: lo que para ellas es el final de un mundo, para nosotros es el comienzo del resto de nuestras vidas.
Después del hallazgo, el señor comisario y la señora peluquera se separaron para siempre. Adela (la abuela), Lilia Elena (la madre) y Lilia Adela (la hija) dejaron San Martín —que ya se había puesto muy picante—, cruzaron la General Paz y se vinieron a Villa Santa Rita, a una casa por remodelar en la esquina de Llavallol y otra. La casa donde yo entré. La casa donde vi las garras de Wolverine descansando hasta la próxima batalla cuerpo a cuerpo.
Los diez, los once, los doce. Lilia Lemoine terminó la primaria en la Capital Federal cuando arrancaban, para ella y para todos, los inolvidables, los tremendos, los revisados y vueltos a revisar años noventa. La niña de José León Suárez que miraba televisión dejaría de mirarla con el cambio de paradigma político y cultural. No le entró Videomatch, no le entró Jugate conmigo.
—Detestaba esos programas. Cris Morena no me gustaba. Y Tinelli gritándole a la gente, las burlas, las gastadas, todo eso yo lo veía como violencia. No me gustaba cuando humillaba a las personas.
—Te vi enseñando que a Ofelia Fernández hay que decirle «tanque australiano de medialunas».
—Viste lo que vieron todos, un recorte de veinte segundos. Estoy enseñando exactamente lo contrario, que no hay que responder ad hominem. Entrá en mi canal de YouTube, por favor. Buscá el video y mirálo completo.
—¿Qué clase de chica fuiste en tu secundaria?
—Era la nerd. No era ni linda ni popular. La nerd que termina siendo abanderada era yo.
—¿Qué chico te gustaba?
—Uno que se llamaba Gonzalo Ruiz.
—¿Y por qué te gustaba? ¿Era lindo, era canchero?
—Era educado.
La abuela, la madre, la hija. Era un matriarcado la casa de la calle Lavallol. Después, la abuela se fue a Córdoba, y quedaron las dos Lilias. Si alguna vez aquel padre había sido el faro de aquella hija, ahora la hija —más grande, más metida en los asuntos de sacar adelante las cosas— había puesto la mirada en su mamá. Va a ser importante el asunto de la mirada en Lilia Lemoine. El asunto de dónde mirar para saber de quién aprender.
Lilia empieza a dibujar. Dibuja letras, diseña caligrafías, se compra un letrógrafo, curte Parque Rivadavia, pinta murales por el barrio. La madre se pone de novia con Juan Carlos, plomero y gasista. Y emprende una vez más: ahora, una empresita de destapaciones. Hacen volantes. Contratan volanteros. Los papelitos tienen un personaje. Es de Lilia, que tiene doce años cuando dibuja un monstruo saliendo de un inodoro. Lo llama «el monstruo de la caca». Se imprime. Un día meten el récord de once mil volantes repartidos.
La madre construye y la casa crece. El monoambiente se vuelve un dos ambientes. Un tres. Un cuatro. Ellos se mudan al nuevo y alquilan el anterior.
—Mi vieja, en esos años, me leía «Casa tomada» y un cuento de Borges que me gustó tanto, «Las ruinas circulares».
Dentro de todo, la vida va. Nadie habla de política en esa familia.
A los dieciocho, Lilia se raja a la mierda. Cuatro atados por día producen demasiado humo. Después vuelve. Después, otra vez se va. Van pasando novios y hospedajes. Y la casita de Aguas Verdes todavía los aguanta.
Se pasa los veintis trabajando en sistemas, estudiando sistemas. Call centers, software para estaciones de servicio, soluciones de programación.
—Trabajé en SAP, en Hewlett Packard. Yo había soltado un currículum en IBM, y un día me llamaron.
Si uno tira el zoom para atrás y verifica integralmente el trayecto de esta vida, hay dos acontecimientos que piden relato propio. El primero lo cuenta Lilia. Ya era una cosplayer de renombre cuando ocurrió. La forma en la que lo cuenta y cómo responde a mis preguntas hizo crujir nuestra charla por primera vez.
—En 2006, fui víctima de un hecho de violencia. Un stalker entró a mi casa una noche. Rompió el vidrio y entró. Yo había dejado la llave puesta del lado de adentro. Abrió con esas llaves. Me buscó por la casa y, cuando me encontró, abusó de mí. Yo me estaba bañando.
—¿Te violó?
—Sí. Me violó. Y me dejó un ojo morado. Y me amenazó con mi propio llavero, que tenía unas cosas de bronce. Yo se las había puesto para defenderme en la calle. Cuando el tipo se va, llamo a la policía y hago la denuncia. Fui al forense, hice un identikit.
—No lo sabía, lo siento mucho.
—¿Perdón? Yo dejé de ser víctima al día siguiente. Yo soy mucho más que un cuerpo, soy una persona. La persona es mucho más que un pedazo de carne. Así que lo último que hay que mostrar es lástima, porque entonces el trabajo del hijo de puta está completo.
—¿Qué mujer fuiste a partir de ahí?
—La misma.
—Ahora, ese es un acontecimiento bisagra en tu vida.
—No. Bisagra, no. Muy feo.
—Pero fractura algo, una violación.
—No, y te pido que no me hables como una víctima, porque me parece espantoso. ¿Vos me querés revictimizar y que yo me sienta culpable de haberlo superado?
Siento entonces el filo de la mirada de Lilia en la cara. Baja un poco el mentón y me mira rasante. Ese filo y yo no nos conocíamos hasta entonces. Le respondo:
—No, de ninguna manera.
—Entonces tomá mi palabra.
El otro hecho categórico es la muerte de Lilia Elena, la madre de Lilia Lemoine. Epoc primero, cáncer de pulmón después. Metástasis en el resto del cuerpo, finalmente. Esta muerte cruza la vida de Lemoine con la política porque es una muerte ocurrida en pandemia.
—Le dije al médico que mi vieja tenía una febrícula. ¿Podés creer que me mandaron una ambulancia? Se la querían llevar los hijos de puta. ¡A una paciente terminal, en plena pandemia, cuando no te dejaban ver a nadie! Esa violencia política del kirchnerismo yo no se la perdono nunca más. Si me mandaron hasta a la policía.
—¿Qué pasó cuando llegaron?
—Los atendí a través de la reja. Les dije que mi vieja salía de ahí solamente conmigo muerta. Saqué el teléfono y empecé a hacer un vivo.
Un teléfono con conexión en las manos de Lilia Lemoine, o cómo contar la época en diez palabras.
Ocho y media de la noche en Saavedra. Natalia y yo jugamos a las cartas. Raro, porque nunca hubo cartas en esta casa. Pasa que jugamos con el mazo que me regaló Lilia Lemoine: las Lady Lemon Cosplay, juego de naipes tope y quartet. Como somos dos, solo podemos jugar a la modalidad tope. Cada carta tiene un personaje, y cada personaje, unas habilidades. Y todas son Lilia Lemoine interpretando a alguien.
Black Widow tiene un traje de cuero ceñido al cuerpo, escote abierto y una larga cabellera rojo fuego. Tiene 843 peleas ganadas, así que la juego confiado. Nati tiene a Power Girl, una rubia corte carré con guantes azules y capa roja: 396 peleas ganadas. Punto para mí. Por paliza.
Nati juega la carta de Lara Croft, que tiene guantes negros y empuña una 9 milímetros. Me canta la velocidad: 71. Yo tengo She Kratos, que tiene media cabeza rapada y una raya roja body paint cruzándole un ojo: 68 de velocidad. Pierdo ahí nomás.
Estamos un rato jugando y van pasando entre nosotros Wonder Woman, Black Cat, Black Widow, Lady Brienne. Dice Lemoine que, en el pico de Game of Thrones, HBO la llamó para hacer unos trabajos con su Lady Brienne.
Apenas cruzados los treinta años, el cosplay le permitió a Lemoine soltar del todo el mundo de los sistemas y la programación. Estuvo diez años volviéndose una referente dentro de un universo en expansión: el de las comicones, los festivales, la costura en réplica, los héroes, la fantasía y la marvelización de la industria del entretenimiento.
—¿De qué se trata el cosplay?
—Es jugar como cuando eras chiquito, pero con mejores juguetes. En palabras de Michael Jackson, uno de mis ídolos: «No seas infantil, sé como un niño».
—¿Sos como una niña?
—Yo me defino como una cucaracha. ¿Viste que las cucarachas, de chiquitas, son exactamente igual que de grandes? Misma forma, mismo color, solo que más tamaño. Bueno, yo soy algo así.
Sus veinte fueron de la informática. Sus treinta, del cosplay. Sus cuarenta, de la política. Arrancó como lo ha hecho su generación en todas partes del mundo: acelerando la moto de una indignación. Se suponía que la tecnología nos convertiría en humanos robotizados, autómatas resecos de expresión, y ya ven: las redes son nuestra hoguera de las pasiones.
En 2015, cuando en la Argentina se consolidaba el movimiento Ni Una Menos que impulsaría y obtendría la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, la piba que había nacido en San Martín de unos padres que no la habían planeado, pero que jamás se habrían permitido el aborto, sintió que había llegado el momento de involucrarse. Era seguidora de Nicole Albur, pero se la cancelaron. Era seguidora de Owen Benjamin, pero se lo cancelaron. Y, desde los cinco años, es fanática de Michael Jackson.
Seguía sin mirar televisión Lilia, así que le llevó un tiempo encontrarse con el sujeto mediático del pelucón que, en 2015, apareció por primera vez en Hora clave e hizo después su recorrido por el piso de Fantino, Peligro sin codificar y otros paneles.
—¿Cómo fue el instante, el segundo cero, de tu primer encuentro con Javier Milei?
—Primero vi un video que me recomendaron. Yo ya estaba en el tema de la batalla cultural.
—¿Qué viste en ese video, con qué te encontraste?
—Vi a un tipo que decía: «A la izquierda no le importa con quién te acostás, pero sí con quién comerciás. A la derecha no le importa con quién comerciás, pero sí con quién te acostás. Y a los libertarios no nos importa ni con quién te acostás ni con quién comerciás». Y yo dije: esta soy yo. Además, me pareció atractivo.
—¿Atractivo?
—Hay rostros cinematográficos, ¿viste? Por ejemplo, ¿es lindo Diego Peretti? Y, no. Pero es cinematográfico. Es alguien que te atrae verlo.
Aquel sujeto del video y aquella chica que lo veía atractivo se terminaron conociendo en persona en 2019. Venían mensajeándose de cosas libertarias, y una vuelta ella le propuso hacerle un traje de cosplay, vestirlo de superhéroe. A Milei le gustó. Y, entonces, llegó el día.
Javier Milei y la cantante Daniela Mori —en ese momento, su novia— arribaron al lugar de Recoleta donde estaban Lilia Lemoine y su novio, Emmanuel Danann. Ella tenía el traje listo para convertir a Milei en el General Ancap, un paladín del anarcocapitalismo. Se lo probó. Se lo dejó. Fueron al evento donde trabajaba Lilia, y Milei terminó arriba de un escenario, cantando: «Gastar y gastar y gastar y gastar, / esa es nuestra regla fiscal. / Y si los ingresos no aguantaran más, / ahí iremos al Banco Central. / Y eso será inflacionario / y eso será inflacionario. / Si no le aflojan al gasto, / entonces la crisis vendrá».
Era 2019. El General Ancap bajaba letra con melodía de La traviata, de Verdi, y una Argentina entera se iba macerando sin que nadie la viera venir. A unos metros de él, Lilia Lemoine arrancaba sus cuarenta.
—¿Qué había en él?
—Una intensidad. Y una mirada. Todo estaba en la mirada de Javier.
—¿Qué clase de mirada era esa?
—Un rayo cósmico. Pero no pongas «rayo cósmico» porque van a decir que estoy drogada.
—No, ¿por qué?
—Porque la gente es mala.
—Me decís que sos como una nena crecida, y yo te veo pelear con Marcela Pagano entre las bancas del Congreso, poniéndose mutuamente los teléfonos en la cara, y parecen dos nenas peleando en un recreo. Solo falta que llamen a la seño. ¿No pensaste en la posibilidad de correrte de esas escenas?
—No mientras ella intente tomar la comisión de juicio político. Yo veo tentáculos detrás de ella. El plan de Pagano es hacerle un juicio político a Milei para sacarlo de la Casa Rosada. O sea, no es una riña de chicas lo que yo tengo con Pagano. Estoy ahí evitando un golpe.
—Yo te hablo desde afuera, de cómo se ven las cosas en pantalla para el espectador corriente.
—Que la gente me vea como quiera. Yo tengo una misión que cumplir. Yo vi cómo lo tiraban a De la Rúa en 2001. Esto no va a volver a pasar mientras yo esté vigilando.
—¿Podés tener una vida fuera de esa vigilancia? ¿Podés tener un novio, ir tranqui a un asado?
—Yo solo puedo estar con alguien que entienda que primero estoy para cuidarlo a Javier.
—¿Te enamoraste de él?
—Sí, sí, sí. En 2021.
—¿Seguís enamorada de él?
—No dejé de quererlo.
—¿Por qué no están juntos?
—Estoy con él. De otra forma. No es momento… Además, yo quiero tener hijos, y él no.
—¿Cuánto tiempo estuviste de novia con Milei?
—Unos meses. Después estuvimos de vuelta, fuimos y vinimos. Pero cuando me pregunto qué somos, novios, amigos…, no me importa. Yo lo que quiero es estar cerca.
—Te cuento mi hipótesis: lo amaste de entrada, lo amás hoy, comprendés que hoy no es el momento, pero es el amor de tu vida. Y pensás que tal vez ese amor se realice en algún momento. ¿La podés corroborar?
—Sí. Sí. Sí.
—Igual, algo no me termina de cerrar en la idea de ustedes como ex.
—Yo no me voy a hacer ilusiones de nada, porque no ha lugar, no corresponde. Hoy él es el presidente, y yo soy su soldado Cabral. Mi rol en la vida es ser su soldado Cabral.
—Su sargento Cabral.
—Soldado. Sargento fue póstumo.
—Ah. Y decime, ¿él sabe que lo amás así?
—Sí. Por eso confía en mí. ¿Cuántas mujeres te pensás que aman así a Javier?
—No sé, Lilia. Decime vos. ¿Cuántas?
—Yo.