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Transferencia, capítulo 5

Escribe
Juan Villoro
Ilustra
Jorge González
Entre psicoanálisis y militancia, una pareja intenta salvarse de Uribe. La transferencia lo enciende todo: lo íntimo se vuelve político, y lo político, historia.

El tercero incluido

Azotea. Karla (psicoanalista y militante) y José Luis (periodista y militante). Ambos se preparan para la fuga. José Luis está sentado sobre un banco de madera. Tiene una mochila a sus pies. Karla entra a la azotea.

—Nunca me habían citado en una azotea. Subí por las escaleras; estoy toda sudada.

Se besan apresuradamente.

—No se me ocurrió otro lugar, ya entregué las llaves del departamento.

Karla señala la mochila.

—¿A qué hora sale tu camión?

—En la noche.

—Yo…

—No digas nada; si me detienen, no quiero que me pregunten por ti. Esto no está sucediendo.

—Desde que liberamos a Uribe, todo lo que ocurre no está sucediendo. Nos volvimos irreales. Me gustaría saber si vas a un sitio con frío o calor, para poder imaginarte.

—Yo te imaginaré en mil lugares distintos. 

(Irónica). ¿En mil lugares? No prometas tanto; si te ilusionas, pierdes la concentración y acabas en un vuelo de la muerte. ¿Alguien imagina que estamos aquí?

—Se me ocurren dos o tres personas.

—Aurora y Uribe, ¿quién es la tercera?

—Siempre hay un tercero. 

(Para sí misma). Dos o tres personas que saben que somos suficientemente estúpidos para vernos.

—Aurora y el Doc no son los peores, Karla. Pueden aceptar este momento, pueden aceptar que nos despidamos. 

—¿Y si el tercero es un militar?

—El tercero nos va a seguir buscando. ¿Ya sabes qué nombre vas a tener cuando desaparezcas?

—¿Te voy a gustar cuando me convierta en «Yadira»?

—No te vas a llamar «Yadira».

—No me subestimes, mi vida paralela puede ser interesante. Se me han ocurrido varias profesiones.

—No digas nada.

—Calmado, estoy jugando. No quiero que la despedida sea tan triste.

—Es triste, estamos jodidos.

—¿Arreglaste tus cosas? Me refiero a tu vida anterior, de la que todavía puedes hablar.

—Mandé mi último horóscopo, no podía seguir con eso: el jefe de Redacción me contagió su paranoia. 

—¿Qué pasó? 

—Estoy vetado en las demás secciones. Me dio ese trabajo de mierda a condición de que firmara con un seudónimo.

—«Telémaco».

—Él me lo puso. Lo sacó de la Odisea, es el hijo de Ulises. Un inútil que no ha hecho nada para defender el trono del padre ausente.

—Un bueno para nada. ¿Te molestó que te viera de ese modo?

—No me acordaba de Telémaco.

—No te acordabas porque… ¿no habías leído la Odisea

—Una de las pocas cosas que aprendí en la universidad es que cuando no sabes algo dices que no te acuerdas. Quedas mejor.

—Total que no sabías quién era Telémaco. Es el hijo del rey, pero no está a su altura. ¿Te identificaste con él? 

—No mames, Karla; estamos en una azotea, no en tu consultorio.

—¿Te jode que Uribe pueda ser comparado con Ulises, y tú, con Telémaco? 

—¿Tú sí leíste la Odisea?

—La leí cuando vi que firmabas como Telémaco. Me interesas, por si no lo sabías.

—Lo sé, perdóname, tengo la cabeza revuelta; eres lo único bueno que me ha pasado en años.

—Me ibas a hablar de la paranoia de tu jefe.

—El cabrón empezó a leer mis horóscopos pensando que estaba mandando mensajes políticos. Se aceleró gacho. El presidente es capricornio y se obsesionó con eso; sin darme cuenta, siempre decía chingaderas de los capricornio.

—No te lo debería preguntar, querido, pero… ¿sabes algo de astrología?

—¡Por supuesto que no! Los guionistas de un programa de emergencias médicas no saben nada de medicina. 

—Pero la gente les cree.

—Si escribes bien, parece que sabes. No me vayas a preguntar si escribo bien.

—No soy tan cabrona. (Sonríe). Y no recuerdo que dijeras nada especial de Capricornio.

—Me caga ese signo. 

—¿Aurora es capricornio?

—¿Para qué te digo si ya sabes? ¿Te habías acostado antes con un paciente?

—No, con un carajo. ¿Crees que si preguntas algo mil veces la respuesta va a ser distinta?

—A veces pasa, los interrogatorios son así.

—¿Me estás interrogando?

—Nos estamos despidiendo, Karla, me cuesta trabajo hacerlo.

—A mí también.

—Quiero decirte muchas cosas, pero no sé por dónde empezar.

—Por lo pronto, acaba con el rollo de los horóscopos. Dijiste que el jefe te contagió su paranoia.

—Capricornio es un signo pragmático, ambicioso, es demandante, no se relaja, es controlador, asquerosamente controlador. No imagina nada, no se ilusiona: exige. Su elemento es tierra.

—¿Aurora es así?

—Y el presidente es así. El jefe entró en pánico. Se asustó de haberme puesto «Telémaco». ¿Sabes lo que quiere decir ese nombre?

—No.

—«El que lucha desde lejos». Él mismo alimentó su paranoia: creyó que mis textos eran mensajes cifrados para la Liga Roja. Lo peor es que los releí y empecé a pensar lo mismo. La censura produce alucinaciones; lees entre líneas, todo empieza a significar otra cosa. 

—No estaban tan equivocados: luchabas desde lejos. Uribe es aries. Le leí lo que escribiste de él.

—Fue un descuido de mi parte, me quería comunicar con el Doc. Lo extraño; aunque sea un ojete, lo extraño. 

—Uribe tiene razón en algo: debemos borrarnos por un tiempo. Te voy a extrañar, Joe Louis. ¿Te acuerdas de ese boxeador?

—¿Te gusta el box? Hay un chingo de cosas que no sé de ti.

—A mi papá le encantaba; yo hacía dibujos mientras él veía a dos tipos que se partían la cara. Es raro, pero me parece una imagen tierna. Joe Louis fue campeón de peso completo. Un negro descomunal. 

—Él no luchaba desde lejos.

—Estás aquí, cerquita.

—Pensamos en el futuro de la humanidad, pero no sabemos dónde estaremos la próxima semana, ni siquiera sabemos si estaremos vivos.

—Piensa en este momento, aquí y ahora, tú y yo, rodeados de tinacos de agua, antenas de televisión, jaulas para colgar la ropa…

—Te quiero.

 Se besan.

—Tus besos me gustan más desde que los prohibió el comité central.

—No tenemos comité central, Karla.

—Desde que los prohibió Uribe, o el Doc, como tú le dices.

—¿Crees que nos tiene celos?

—¿Te gustaría que nos tuviera celos?

—Claro. La idea de que fuera a terapia fue de él. Tal vez tenía una fantasía erótica contigo y la única manera de acercarse a ti era a través de mí.

—De Telémaco, «el que lucha desde lejos».

—Tal vez le jode que haya llegado demasiado cerca.

—La fantasía del hijo es destronar al padre, pero tú no quieres ser Uribe.

—¿Qué quiero, doctora?

—Quieres hacerlo a un lado, su sombra es demasiado fuerte; lo admiras y necesitas su reconocimiento, pero eso te paraliza.

—¿Me vas a psicoanalizar toda la vida?

—Me gusta que pienses en nosotros «para toda la vida». Dijiste que no teníamos derecho al futuro.

—No dije eso, mejoras mis frases, deberías escribir.

—¿Quién dice que no escribo?

—¿Escribes en secreto?

—Lo más importante de nuestra vida es clandestino. ¿Te molestaría que escribiera?

—¿Por qué?

—Eso establecería una competencia, y tienes problemas de autoridad: te mides con Uribe porque él es inalcanzable; sabes que no estarás a su altura, y eso te tranquiliza, y él necesita que seas inferior para seguirte apoyando. Debes hacerlo a un lado.

Debemos hacerlo a un lado, tú también estás enganchada.

—Tienes razón, es un círculo vicioso, todo empezó con la terapia a distancia. Uribe está entre nosotros. Le digo «Uribe» para no decirle «el Doc», trato de alejarlo.

—Eso no basta, Karla: deja de analizarme.

—Te prometo que en mi nueva vida tendré un oficio que te encante. ¿Quieres que sea tu secretaria para poder dictarme? Sería un caso de posesión por la escritura.

—No te burles, quiero que seamos otra cosa.

—¿Qué?

—Una pareja, por ejemplo.

—Eso me gusta. ¿Qué tipo de pareja?

—No sé, una.

—¿Una cómo?

—En una casa.

—¿Así nada más?

—En una casa que tenga chimenea, y que afuera llueva.

—¡Eso dibujaba yo! Mi papá veía sus peleas de box y yo pintaba una familia con las caras color de rosa. Afuera llovía siempre, en diagonal, y el humo salía en círculos de la chimenea. ¿Qué madera provoca ese humo en espiral?

—Eso solo pasa en los dibujos infantiles.

—Cuando ibas de campamento con tu papá, ¿nunca viste un humo así?

—Nunca.

—Mejor para nosotros: podemos inventarlo. ¡Un humo que todavía no existe! ¿Se te ocurre algo más?

—¿De qué?

—De nosotros: ¿qué más se te antojaría si…?

—¿Si tuviéramos derecho al futuro?

—Eso.

—Me gustó tu frase.

—Es grandilocuente.

—Así eres: grandiloquita. Me gustas, aunque me analices todo el tiempo.

—Me voy a portar mejor, lo prometo. Muchas relaciones empiezan mal. Conoces a un cabrón insoportable y a la tercera cerveza se vuelve atractivo.

—¿Cuál fue mi tercera cerveza?

—Al principio me saqué de onda contigo. Eres guapo, demasiado guapo. Nunca me han gustado los hombres que son obviamente atractivos. Están felices de haberse conocido y quieren que seas su espejo o su trofeo.

—¿Te gustan los feos?

—Tampoco, pero mis novios no pasaban de siete en una escala de diez. No desconfié de ti, pero sí de tu nariz y de tus ojos. Son demasiado hermosos.

—Lo siento.

—Luego vino la sorpresa de que estuvieras metido en la Liga, en la lucha contra la injusticia y la pobreza. Ahí me empezó a hacer efecto la segunda cerveza. Ni tú ni yo pensamos demasiado en lo que nos estábamos metiendo. Estábamos hartos, desesperados, en un país jodido, donde no había otra alternativa que asaltar un banco para darles leche a los pobres. 

—¿Y la tercera cerveza?

—Quieres que te elogie, ¿verdad? ¿Quieres saber cómo me emborrachaste? Fue tu debilidad, tus ganas de hacer algo bueno sin poder hacerlo, como si fueras un pastor de ovejas. No sé por qué se me ocurre eso, pero lo sentí contigo. Más allá de las mamadas teóricas, lo sentí en la piel, sentí contigo lo que te emociona cuando sabes que alguien está perdido, pero todavía tiene esperanza y puede decir algo maravilloso, como Miguel Hernández antes de que lo asesinaran, cuando solo es una persona pobre que se rebela y dice algo muy sencillo que nadie puede superar: «No hay extensión más grande que mi herida […] / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte».

—No soy capaz de decir algo así, la tercera cerveza te puso hasta la madre.

—No lo dijiste, pero esos sentimientos estaban en ti, me emborrachaste; me trajiste los problemas de Uribe, pero también los tuyos, querías cambiar: te abriste de capa. Es una expresión genial: nadie usa capa; pero, si te sinceras, descubres que la tenías puesta.

—¿Qué viste bajo la capa?

—Una persona frágil.

—¿Dominable?

—Para nada: vi a alguien que fue violento y ahora quiere cuidar a otro, a un amigo, a alguien que no es él. Tienes fantasías de control, obsesiones con los semáforos y con los cuadros mal colgados, pero supongo que eso es superable.

—¿Supones?

—El psicoanálisis no es una ciencia exacta, y menos el amor.

—¿Me amas?

—Te estoy tanteando: me gustaría amarte. «Voy de mi corazón a mis asuntos», dice Miguel Hernández. «Menos tu vientre, todo es confuso […] polvo sin mundo».

Se besan. Karla continúa.

—Me gustó tu lealtad hacia Uribe, hacia todo. No crees en las ideologías, crees en las personas.

—Soy un mal militante.

—No, Uribe ha abandonado demasiadas cosas, necesita cerca a alguien como tú. No deja de soñar con el castor que perdió de niño porque es el mundo que hizo trizas para cambiar este mundo, en el que nada funciona. Está hecho mierda.

—¿Peor que en la cárcel?

—No lo vi en la cárcel. En la casa de seguridad, estaba al borde de un brote psicótico, alucinando ladridos de perros y sospechando de todo. 

—Los perros lo vuelven loco, y él los vuelve más locos.

—¿No se te hace raro que haya querido verme?

—Le llevaste las medicinas que necesitaba.

—Otra persona podía hacerlo, no soy una figura clave de la Liga.

—Pero sabes cosas íntimas de él.

—Ahí está el asunto: Uribe quería verme por algo muy extraño.

—¿Qué?

—Quería que yo sospechara de él.

—Estás loca, Karla.

—Hace un rato era «grandiloquita».

—Ahora solo estás loca.

—Piénsalo bien: Uribe me dijo cosas obvias, que estamos en peligro después del operativo, que debemos desarticularnos por un tiempo… Cuando le dije que Aurora nos tenía en la mira, también su respuesta fue obvia. Negó que ella pudiera influirlo y que la Liga fuera capaz de matar a sus militantes.

—Entonces, ¿dónde está lo raro?

—Cuando le pregunté por el Colorado, me dijo que no me iba a hablar de eso, pero me acabó contando todo. Sospecho que lo tenía planeado desde el principio.

—¿Y por qué esperó para decírtelo?

—Porque quería que pareciera una confesión espontánea. Piensa en el significado de esa escena: los propios policías matan a uno de los suyos. Uribe negó que la Liga hiciera eso, pero planteó un escenario de ajusticiamiento muy parecido. Además, está convencido de que el Gobierno lo dejó con vida para poder asesinar a todos sus cómplices. Sembró una doble amenaza: si no te matan tus compañeros, te mata el ejército. En ambos casos, él es responsable. Me hizo saber que estamos en la mira por su culpa. Y le molestó que mencionara a su hija. Tiene esa herida abierta. Si alguna vez decide traicionar, es capaz de entregar a todos a cambio de que lo dejen ir a París para buscar a la hija que abandonó.

—Estás grave, el Doc no es un traidor.

—No podemos confiar en nadie; si no sospechas, no sobrevives.

—¿Sospechas de mí?

—No hablemos de eso.

—¿No quieres hablar de eso porque sí sospechas de mí?

—Llegaste a terapia para ayudar a tu amigo y para cambiar. ¿Cambiaste?

—¿De qué hablas?

—Arrancaste el coche cuando tus compañeros seguían en el asalto, no podías hacer nada, pero te sentiste culpable, ¿y sabes hasta dónde puede llegar alguien que se siente culpable?

—Supongo que me lo vas a decir.

—A ser culpable. Quisiste que te reconocieran en la cámara de Gesell, en la fila de los sospechosos. Quisiste que te castigaran. Todavía puedes hacer algo para joder tu vida. No sé qué le dijiste a Uribe.

—¿De qué hablas?

—De nosotros.

—Estás orate.

—Aurora me empezó a perseguir porque supo que andaba contigo; fue a la cárcel y le dijo a Uribe que se te pasó la mano con la transferencia; bueno, no usó esas palabras. 

—¿Qué dijo?

—Que estábamos cogiendo, idiota. ¿Qué crees que dijo?

—Ah.

—¿Es todo lo que puedes decir? «¡Ah!». 

—Perdón.

—Uribe quería comprobar lo que le dijo Aurora, por eso me llamó a la casa de seguridad. No lo hizo porque esté enamorado de ti o de mí y tenga celos. Es un estratega: lo hizo para plantar una duda entre nosotros. ¿Cómo supo Aurora que soy tu amante? ¿Hablas con ella?

—¿Qué te pasa? La detesto.

—¿La detestas y le dices algo? ¿Le dices algo que pueda joderla?

—Solo una vez, lo juro. Estaba hasta la madre, ella no dejaba de buscarme, te mencioné para que me dejara en paz.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—¿Para qué?

—¡Para prevenirme! Mencionar un nombre puede hacer que te maten. Conoces a Aurora, conoces a su familia, tienen contactos con asesinos.

—Perdóname, la cagué, solo quería que me dejara en paz.

—Le diste el pretexto perfecto para que Uribe acabe con nosotros.

—Hace rato te encantaba que yo fuera un pastor pendejo que no sabe dónde están sus ovejas.

—Esto es distinto: estamos hablando de un ajusticiamiento.

—El Doc te dijo que la Liga no mata a su gente.

—Me dijo eso, pero luego vino lo más cabrón: hizo que sospechara de él. No es fácil leer las reacciones de Uribe. Cometí el error de decirle que me sentía como el conductor que lleva nitroglicerina en El salario del miedo y dijo que tú eres el explosivo. Luego me vio como un depredador; esos ojos no mienten. Negó que la Liga Roja asesinara compañeros, pero me contó la historia del Colorado, asesinado por sus cómplices. 

—¿A dónde quieres llegar? Ya te dije que la cagué.

—Estabas muy presionado, lo entiendo. Ahora trato de entender a Uribe.

—Ya no es tu paciente.

—Lo fue, conozco sus reacciones, creo conocerlas. Me hizo sentir que tiene motivos para matarnos o entregarnos a la policía, que es lo mismo. Me preguntó por mi cápsula de cianuro. 

—Dijo todo eso para que huyéramos, por separado.

—Hizo algo más. Salí temblando de la casa de seguridad; le tuve miedo, mucho miedo.

—Pinche cabrón.

—Le doy vueltas a eso y encuentro algo muy raro, que también me da miedo.

—Puta, pues ya me estás dando miedo.

—Uribe no me amenazó de muerte, pero salí de ahí amenazada de muerte. Hizo mierda su imagen, la imagen que podía tener de él. 

—¿Por qué haría eso?

—Tú lo idolatras, José Luis, y yo lo admiro, pero me hizo sentir que estar cerca de él era un peligro de muerte. Quería alejarme, quería alejarnos, y solo podía lograrlo metiéndonos miedo. Dejó de ser el Che Guevara que comparas con el Quijote y se convirtió en el Che que te puede fusilar. Si lo hizo por táctica, es un buen estratega, tal vez lo hizo por algo más.

—¿Vas a volver al sueño del castor?

—De algún modo: no le importa que lo veamos como un hijo de puta con tal de que nos salvemos, hay algo noble en eso; prefiere que lo despreciemos, que lo veamos como un cabrón con tal de que nos salvemos.

—Me acuerdo de cuando le tiró una pedrada cabrona a su perro. Me pareció algo muy cruel, pero luego me di cuenta de que quería alejarlo de otro perro, un Rottweiler con cara asesina.

—Nos lanzó esa pedrada, nos quiere como quiere a sus perros. Somos bastante pendejos, José Luis, somos capaces de seguir juntos en medio del peligro. Uribe quiere que le tengamos miedo para que nos larguemos, por separado. ¿No es eso lo que hace un padre, Telémaco? El rey vuelve a Ítaca y mata a todo mundo; hace milenios que nos educamos con miedo.

—Te pones muy intensa, no sé si tienes razón, pero de todos modos nos estamos yendo. 

—No me digas a dónde vas, pero dime qué vas a hacer.

—Estoy escribiendo.

—¿Qué?

—La memoria de estos días. Es un recuento real, pero suena a ficción.

—¿Dices cosas falsas?

—Al contrario, la narración tiene una coherencia que no veo en este desmadre. Escribo lo que nos pasó para que el caos tenga sentido. No voy a escribir del Doc como un alucinado que nos amenaza para salvarnos, que oye ladridos de perros imaginarios y puede convertirse en delator para recuperar a su hija. Lo voy a ver como quiero verlo, como siempre quise verlo. 

—¿Vas a mentir?

—Eso es real, Karla. Cuando la ficción te afecta, se vuelve real. Eso se llama «transferencia».

—¿También vas a imaginarme a mí?

—Eres distinta: cualquier descripción real te favorece. Los héroes y los mártires necesitan retoques, tú no.

—Me gustas. ¿Qué crees que pase con Uribe? 

—Seguiremos creyendo en él.

—¿Aunque no todo sea real?

—No es él, es lo que representa.

—Tienes razón; necesitamos creer en eso, entre todos nos convencemos de creer en eso, la esperanza es una conspiración.

—Otra frase de las tuyas, Karla.

—Es una deformación profesional: hacer diagnósticos me obliga a ser sintética.

 —Mi libro tendrá palabras más sencillas.

—«No podrá con la pena mi persona», son palabras sencillas. 

—No soy Miguel Hernández.

—Eres tú, mi Joe Louis. 

—Me tengo que ir, Karla.

Se incorpora, toma su mochila.

—Una frase sencilla y espantosa: «me tengo que ir».

—Te quiero, te voy a buscar, lo juro.

—Si no nos matan. 

—No digas eso, no tenemos que ser realistas.

—Tienes razón: nos estamos volviendo irreales, eso puede salvarnos. Déjame tocar tu cara; te voy a recordar cuando solo seas imaginario, te recordarán mis manos; eso no se pierde. Adiós.

—Nos vemos… en…

—No digas nada.

—Nos vemos en el futuro.

—Escribe la historia, mi amor: imagíname.

Oscuridad. Entra música: «Para la libertad», de Joan Manuel Serrat.

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