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«Tu fantasma», capítulo 5

Escribe
Juan Sklar
Ilustra
Jorge González
Entre fantasmas, poesía y vasos de vino, Jano busca lo que fue amor y hoy es ausencia. Milva, la real y la espectral, vuelve para cerrar el círculo.

La Milva Real

Jano y el fantasma de Milva se levantan en la cama de él. Se miran, sonríen. Se besan. Él se sube encima de ella. Milva lo frena.

—Ponete un forro.

—Tengamos otro hijo.

—Basta de hijos.

—Una nena. Parecida a vos, flaca, pálida, pecosa y lánguida. Que lea a Pizarnik,  Alfonsina, Kamiya y Peri Rossi. Que escriba poemas de amor para el compañero que no le da bola. Que me ame y me adore, que sea para mí la presencia más hermosa de sobre la faz de la tierra. Que limpie mi sangre de rencor y misoginia. Que me reclame y me demande amor, presencia y entrega. Que por primera vez yo pueda ser el hombre que una mujer espera.

—Cero traumada la nena.

—Bueno, cojamos y después vemos el tema de la hija, que se va a llamar Irina Mark y va a ser colorada, pero no naranja, más bien tirando a rojo ceniza.

—Soy un fantasma. No puedo quedar embarazada.

—Pero si te digo «¿querés que te la meta sin forro y te acabe adentro? Quiero llenarte de leche, mi puta embarazada», bien que se te moja la tanga.

—Yo no uso tanga, cerdo.

—No soy un cerdo, soy tu cerdo.

—Un solo polvo y nos ponemos a ordenar la casa, que en un rato viene la Milva real.

—Uno solo. Sin forro y te acabo adentro.

Jano saca una pierna por debajo de las sábanas, la estira y, con la punta de los dedos, cierra la puerta.

Milva y Jano ordenan el departamento. Él barre y ella hace la cama. Ella lava los platos y él levanta la ropa tirada. Son el equipo que alguna vez fueron. Jano se pone a cantar.

«Algo habré perdido, / que ando tan comprometido / en buscar adentro tuyo / algo que está adentro mío, / algo para poder tapar / mi gran agujero espiritual, / mis ilusiones rotas».

Milva lo mira y Jano se da cuenta de que ella lo está mirando. Él frena. La mira y después canta.

Él: «Libertad, mi casa es un desastre, mi vida un poco más…».

Ella: «Corazón, qué caros son los precios del amor».

Jano y Milva bailan por todo el departamento. Sonríen, se besan y cantan.

Él: «Y simplemente pasa que tengo ganas de verte».

Ella: «Tengo ganas de verte».

—¿Desde cuándo a Milva le gusta Tan Biónica?

—No le gusta. Creo que ni conoce la banda.

—¿Y por qué te sabés la letra?

—Soy un fantasma. Una proyección de tus necesidades psíquicas, un pedido de ayuda de tus profundidades inconscientes, la materialización ectoplasmática de tus anhelos reprimidos para que puedas entender tu deseo.

—¿Hacer un musical con canciones de Tan Biónica y estrenarlo en la calle Corrientes?

Milva le sonríe. A veces Jano es como un niño.

—Vení, vamos a elegirte la ropa. ¿Qué te vas a poner?

Milva le da la mano a Jano y se lo lleva a la habitación.

Jano está sentado en el sillón de su casa, camisa negra cuello mao, saco negro, jean y mocasines de cuero sin medias.

—Mucho, ¿no?

—Está bien, relajá.

Jano mira el teléfono una y otra vez. De pronto, suena el timbre. Se pone de pie de un salto.

—Tranqui —le dice Milva.

—¿Estoy bien?

—Estás muy bien.

Ella se acerca, le rodea el cuello con los brazos y le da un beso.

—Es la mamá de tus hijos, no va a decidir volver con vos porque tengas el perfume correcto.

Jano sonríe. El fantasma de Milva le dice unas últimas palabras.

—Me voy ahora, ¿sí? Vas a estar solo. Si me necesitás, te metés en el baño y hablamos.

Él asiente y camina hacia la puerta. Abre, y ahí está la Milva real.

—Hola —dice ella.

—Hola.

—¿Todo bien? Te escuché preocupado.

—Todo bien. ¿Los chicos?

—Con mi mamá, le dije que vos y yo teníamos que hablar algo urgente.

—Vení, pasá.

Jano y Milva se sientan a la mesa. Hay una vela prendida y una botella de vino.

—¿Te sirvo?

—No, gracias.

—¿Segura?

—Fueron dos vuelos, la escala larguísima, a los chicos los amo, pero redensos. Quiero volver a casa, bañarme y dormir cien horas.

—Bueno, mejor hablemos otro día.

—Dijiste que era urgente. La hice venir a mi mamá. ¿Qué pasa?

Jano está nervioso, se frota las manos y se acomoda el pelo.

—Todos estos días solo, sin los chicos, tranquilo, estuve pensando…

Milva lo mira extrañada.

—Vos y yo nos separamos porque queríamos vidas diferentes.

—Sí, entre otras cosas.

—Y pasó tiempo, estoy más tranquilo, me acuesto temprano, hago ejercicio.

—Ajá…

—Algo de la compulsión sexual se calmó también, ya no estoy tan…

Milva lo interrumpe.

—Jano, ¿a dónde vas con todo esto?

—Quiero volver con vos.

Milva sonríe.

—¿Estás loco?

—No. Bah, no lo sé. Te extraño.

Milva está incómoda.

—No sé qué decirte.

—¿Vos me extrañás?

—¿Qué es esa pregunta?

—Es muy sencilla. ¿Pensás en mí? ¿Te hace falta mi presencia, mi cuerpo? Extrañar, no es un concepto muy complejo.

Milva balbucea la respuesta.

—Eh… Em… Sí, no. No… —De pronto se pone firme—: No.

—¿Nunca pensás en mí?

—Sos el papá de mis hijos en edad escolar. Pienso en vos y hablo con vos todos los días. La mayoría de las veces, pienso cosas como «¿se habrá acordado del disfraz del acto del Veinticinco de Mayo?».

—No te hagas la boluda.

—Jano, no pienso en vos de esa manera.

Él duda con respecto a lo que va a decir.

—No mientas.

—¿Qué te pasa?

—Tu fantasma me dijo que vos pensás en mí.

—¿Qué?

—Hace cinco días se apareció tu fantasma en mi casa y me dijo que iba a volver cada noche hasta que yo entendiera si tengo que volver con vos. Y entendí. Tenemos que volver.

—Estás completamente del orto.

—No, no. Es real. Fui a ver a una bruja para matar a tu fantasma y que me dejara de joder, pero me dijo que no lo podíamos matar porque vos también tenías un fantasma de Jano.

Milva estalla de la risa.

—Boludo, ¿qué mierda te pasa?

—Estuvo muy buena la sesión con la bruja. Dijo que vos y yo estamos casados hace siete vidas.

Milva no puede creer lo que escucha. Jano sigue.

—Y que en nuestra última vida nos conocimos en Ucrania, en un pueblo del óblast de Chernivtsí.

—Bueno, esto no es serio.

—A mí también me parecía un delirio, hasta que Marta…

—¿Marta?

—La bruja. Dijo que en ese pueblo vos me salvaste de un pogrom. Que arriesgaste todo para cuidarme. Que después escapamos juntos. Y que yo también te cuidé y te protegí. Es un delirio, lo sé, pero ahí dije, bruja o no bruja, tiene razón. Nadie me cuidó como vos. A nadie quise cuidar como a vos. Extraño eso. Ser esa persona.

Algo de lo que Jano dice le resuena a Milva.

—Sí. Pero ya no somos esos.

—¿Y no podemos volver a ser?

—Supongo que sí, que podríamos.

Jano se acerca como para darle un beso.

—Pero no quiero.

—¿Por qué no?

Milva piensa.

—Si te digo la verdad, no sé. No quiero. No me sale. Si querés, te doy razones, pero para mí con eso alcanza. No quiero estar ahí.

—¿No pensás en mí?

—Qué pesado.

—Decime la verdad. Mi fantasma dijo que…

—No, bueno, basta de este delirio del fantasma.

—Dijo que vos también pensabas en mí. Cuando dormías a los chicos, cuando leías un libro, cuando te tocabas.

—Dejá de romperme los huevos con el fantasma.

—Olvidáte del fantasma. ¿Pensás en mí? ¿Te tocás pensando en mí?

Milva hace una pausa larga. Llena una copa de vino y le da un buen trago.

—¿Para qué querés saber?

—Quiero saber. Quiero entender qué pasa, por qué no puedo dejar de pensar en vos, por qué tengo un fantasma que me levanta cada mañana y me habla como si fuera mi esposa. Quiero que el fantasma se vaya y estar bien solo. O volver con vos. Pero sin fantasma.

Milva levanta la copa y vuelve a tomar. Lo mira fijo a Jano, pesando las palabras que está a punto de decir.

—El fantasma no se va a ir nunca, Jano.

—¿Cómo?

Milva toma aire y lo deja salir por un hueco que arman sus labios en un costado de su boca.

—Yo también tengo un fantasma tuyo. No se va a ir nunca.

—Yo sabía.

—No, no sabés.

—Volvamos.

—¿Estás en pedo? Sos bisexual, te gusta enfiestarte, tener una pareja abierta, verme coger con otros. Yo no quiero nada de eso. Y tampoco tengo ganas de que vos te cercenes por mí.

—Por amor. No se puede tener todo.

—Finalmente, lo entendiste. Un par de años tarde, pero lo entendiste.

—Volvamos.

—No quiero. Y vos tampoco querés. La esposa insatisfecha, la dinámica familiar a tiempo completo. Estamos bien así.

—Pero tenés un fantasma. De mí.

—Sí, como tengo un fantasma de todos los hombres que amé. De vos, del Oso, de Santa, del Ninja.

—¿Cuatro fantasmas?

—Seis, pero a los otros no los conocés. Lo que pasa es que vos nunca te habías enamorado. Fui tu primera novia, la mamá de tus hijos, y ahora soy tu ex. Estás con esto como si fueras el primer tipo que se separa en la historia. Todo el mundo tiene fantasmas.

—¿Vivís hablando con todos tus ex?

—Depende del día, de mi estado de ánimo, de mi ciclo menstrual. Pero sí. Me acompañan. Hablamos.

—¿Te hacés la paja pensando en ellos?

Milva no dice nada.

—Contestáme. ¿Te tocás pensando en los seis fantasmas? Cuando estás con tu novio, ¿estamos los seis, onda gang bang de espíritus?

—Qué básico sos.

—Contestáme, entonces.

—¿Vos elegís con quién vivir según tus pajas? ¿Esa es tu brújula amorosa? ¿En los noventa qué hacías? ¿Soñabas con tener hijos con Pamela Anderson? ¿Le mandabas cartas de amor a la Coca Sarli? Ese es tu problema. Le das entidad a cada una de tus fantasías. «Veo al fantasma de Milva, debo de estar enamorado. Una vez se hizo una paja pensando en mí, tenemos que volver».

—¿Una?

—Cinco. Cien. Qué sé yo. No todos vivimos contando nuestras pajas.

—¿Vos en cuatro, mirándome por sobre el hombro?

—Basta.

Los dos se quedan en silencio. Se miran. Jano le habla.

—¿Por qué no te vas?

—Porque sos el papá de mis hijos y me pediste hablar.

—Ya sabés lo que quería decirte. ¿Por qué no te vas?

Milva levanta el vino, lo huele.

—Este es mi vino favorito en el mundo y hay alguien cuidando a mis hijos.

Le da un trago, lo saborea.

—Y me gusta verte así.

—¿Arrastrado?

—Atento.

—Te escribí un poema.

—No hace falta que me lo leas.

Jano saca un papel del bolsillo.

—Se llama «Milva toda».

Jano se sabe el poema de memoria. Así que lo mira un segundo y después lo deja en la mesa. La mira a los ojos.

—Milva toda, / mujer, madre, amiga / y amante perdida. / En mi sueños, en mi poesía, / Milva con el alma escondida. / Milva toda, nunca mía. / Solo yo / quise, quiero / Milva toda / La oscura la madre, / el ángel, la impía / Ella se niega / a darse entera, / sin pliegues, / sin palabra en la sombra. / Ya no tengo, nunca tuve / Milva toda, Milva mía. / La llevo conmigo / mientras escriba.

Cuando termina, Jano dobla el poema y se lo da. Ella lo agarra sin sacarle los ojos de encima. Milva:

—Es lindo.

—Lo detesto.

—¿Y por qué me lo leíste?

Jano se acerca de a poco.

—Porque me gusta cómo me mirás cuando te leo.

—¿Y cómo te miro?

—Muy de cerca. Casi bizca. Alternando un ojo, el otro. Y después me mirás los labios.

Él se acerca y le da un beso. Ella por un momento se deja. Después toma distancia.

—No.

—Todo cambia, excepto el sabor de tu saliva.

—No quiero que me beses ni que intentes besarme nunca más.

—Te bastaba con correrme la cara.

—No tenemos veinticuatro.

—Estoy harto de fingir que no quiero volver con vos. Todavía te amo. Volvamos.

—No. Yo no quiero. ¿Podés entenderlo?

—Soñé con nuestra hija. Irina Mark Kristoff. Colorada, pero no naranja. El pelo casi ceniza, como lo tenías vos.

—Jano, tengo cuarenta y cinco años. Tuve dos hijos y una pérdida muy dolorosa. No quiero tener otro hijo ni otra hija, ni con vos ni con nadie. No quiero otro hijo, ni un perro ni un hámster. No quiero cuidar más mamíferos. Andá a vivir tus delirios a otra parte. ¿Me abrís?

Él parece aceptar. Va a buscar las llaves y vuelve. Se para junto a la puerta y espera.

—¿Me abrís?

—No tiene llave. Te podés ir cuando quieras —dice Jano y abre la puerta—. Y podés volver cuando quieras.

Milva se queda un segundo mirándolo. Él le sostiene la mirada y dice:

—¿Podés mirarme a los ojos y decirme que lo que yo siento me pasa a mí solo?

Milva se mira los pies, luego las manos. Como si buscara las palabras en su piel.

—¿Querés escucharme?

—Sí.

—¿De verdad vas a escucharme?

—Sí.

—Jano, no te amo. Y si soy realmente honesta, creo que nunca te amé. Nos encontramos cuando yo había quedado viuda, me cuidaste. Me hiciste sentir bien, realmente bien. Viajábamos, nos divertimos. Y después, no sé. Yo quería tener hijos. Pero no como un plan. Había algo en mí muy profundo, muy visceral, que quería volver a la vida. Vos me trajiste a la vida. A los hijos. Fue hermoso.

A Jano le duele lo que escucha, pero sigue ahí, en silencio.

—Queríamos cosas muy diferentes. Vos querés vivir el sexo de una manera que a mí me es insoportable. Y eso me alejó. Me aleja. Me desenamora por completo. Quizá sí amé nuestra pareja, nuestra familia. Pero no a vos. Era una actriz fingiendo que te aceptaba. Hoy, si hago el esfuerzo de recordar las traiciones, la humillación, todavía siento dolor. No quiero volver nunca más a eso. Mi cuerpo no quiere volver más a eso.

—¿Me odiás?

—Te odié. Pero más te quiero. Como amigo, como familia, como padre de mis hijos. Te quiero siempre cerca, en los problemas, en las cosas lindas. Solo no quiero ser tu pareja. ¿Podés aceptar eso?

—¿Puedo ser tu amante?

Milva le da un beso en el cachete.

—Yo sé que lo vas a aceptar.

Después abre la puerta y sale. Jano se queda solo. Vuelve a la mesa. Se sirve el vino y toma. De pronto, aparece el fantasma de Milva.

—¿Estás bien?

Jano no le contesta. Ella le hace un mimo. De pronto, Jano levanta la cabeza.

—¿A qué viniste?

—Bueno, yo…

—En serio te pregunto. ¿A qué mierda viniste? ¿A llenarme la cabeza? ¿A envalentoname para que haga el ridículo con mi ex?

—No hiciste ningún ridículo.

—Leyéndole poemas como adolescente, tirándole la boca…

—Lo necesitabas.

—¿Por qué no te vas a la mierda?

—Necesitabas escuchar lo que le pasa a ella. De su boca.

—¿Para que me clave un sable en el pecho? ¿Para sentirme el infeliz más solitario de Palermo?

—Sí.

Jano la mira con odio. Si no fuera un fantasma, la mataría.

—Para que puedas sentir el dolor. Para que no te escapes en fantasías y diálogos imaginarios. Para que no tengas que quemarte la mano. Este dolor, el dolor al que te traje. Está bien.

—Te detesto.

El fantasma le sonríe con ternura.

—Este dolor es real. Es la pérdida de la mamá de tus hijos, tu primera novia, el hogar que construiste y desapareció. Sobre este dolor, podés armar algo nuevo, podés avanzar. Con este dolor, podés conocer a otra persona.

—No lo soporto.

—¿Querés que me lo lleve? Me lo llevo. Pero vas a quedar para siempre atrapado en esta charla imaginaria.

Jano piensa. El dolor es una segunda piel, una capa de piedra sobre todos sus órganos. Quisiera sacárselo de encima, nacer otra vez. Quisiera agarrar un cuchillo y mutilarse hasta ser una persona nueva. Extirparse el tumor de haber amado.

—¿No puede ser de otra manera?

El fantasma suspira antes de seguir hablando.

—Sí. Podés desconectarte del dolor y vivir en un mundo de fantasía. Pero la tristeza y la furia se van a desatar por pequeñas cosas ridículas. Una heladera que no anda, unos zapatos que te vinieron fallados. Vas a perseguir quimeras de éxito, y cuando lo consigas, se va a desvanecer en tus manos. Puedo llevarme el dolor, pero vas a vivir así siempre, corriendo detrás de una alegría de holograma, que se ve pero no se toca.

—Llevátelo.

—¿Seguro? Vas a acostarte con infinitas mujeres, perfectas antes del beso, y de arena después del primer orgasmo. Vas a tomar, vas a fumar, vas a aspirar y, en la fuga de tu mente, vas a gritarles tu malestar a las personas equivocadas. Vas a tener domingos de resaca densa y oscura, vas a inventar nuevas historias de fantasía para justificar tus exabruptos.

—Cualquier cosa es mejor que esto.

—Tu cuerpo va a explotar a los gritos, en alergias y en dolores de espalda que te van a dejar postrado. Vas a ir a ver muchos médicos y ninguno te va saber decir qué tenés. Tus síntomas van a ser intensos, ubicuos y mutantes.

Milva pausa, Jano piensa.

—¿Me llevo el dolor?

—Cuántas veces querés que te lo diga.

Entonces, el fantasma de Milva saca un cuaderno y lo apoya sobre la mesa.

—Me puedo llevar el dolor, pero no vas a escribir nunca más.

—Otra tonta que cree que solo se puede escribir si sufrís.

—No importa lo que yo crea. ¿Me lo llevo?

Jano agarra el cuaderno, le pasa los dedos suavemente por la tapa. Después lo abre. Lo despliega sobre la mesa. Fuerza un poco los límites de los hilos que cosen el papel.

—Nunca más vas a volver a sentir que supurás sobre una hoja. Nunca más vas a sangrar en tinta negra. Nunca más vas a tocar tu piel desde adentro ni a recorrer los bordes de tu cerebro. Adiós a la mano que mueve tus intestinos sin verlos, al ojo tibio que mira hacia adentro, recorre y acaricia los límites de tu propio cuerpo. Esta es la última historia que vas a escribir. Un escritor hablando con un fantasma, cinco noches de enero.

Milva le alcanza a Jano una lapicera. 

Jano la toma. La mira. La siente entre sus dedos. Después, se inclina sobre el cuaderno. Escribe y lee lo que escribe: «Yo, aquí, ahora, escucho la voz de la mujer que no me ama, / intuyo el silencio que se inclina sobre mi cama, / la herida extraña que no arde ni sangra, / la marca deforme de que hubo vida / oscura y brillante, / espesa y diáfana».

Milva se acerca y dice:

—¿Me lo llevo?

—Si escribo, me duele menos.

—Pero si me lo llevo, no va a doler nada. Nunca más.

Jano vuelve a inclinarse sobre el papel. «Tu fantasma habita mi casa, / nada en líquido amniótico / de un mar sin puerto, / navega por las cisuras / del río cefalorraquídeo. / Naufraga y no muere, / navega y bebe / almíbar de sangre y sombra».

Milva pregunta:

—¿El último poema de Jano Mark?

Él vuelve a escribir: «Me quedo acá, / en este templo fugaz, / mi último hogar, / que renace en cada pliegue / y, llegado el silencio, / deviene pulpa y desaparece».

Milva sonríe.

—¿Querés que te deje escribiendo?

Jano asiente sin decir palabra. Milva le regala otra sonrisa cálida y, callada, se desvanece.

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